Chainsaw Man: deseo, poder y la falsa iniciativa femenina


Hace tiempo que me alejé del entretenimiento audiovisual. Es decir, llevo casi un año sin sentarme frente al televisor para sintonizar alguna telenovela o canal de entretenimiento que ofrece la televisión por antena (¿o ya es satélite?). Tampoco gasto mi dinero en las múltiples plataformas de streaming que compiten entre sí canibalizando al consumidor con la promesa de brindar experiencias audiovisuales cada vez mejores que las de su rival.

Mi día, en realidad, se limita a leer, escribir, escuchar música y, de vez en cuando, ver algún video de novedades sobre videojuegos en internet. Puede sonar aburrido, pero este distanciamiento me ha permitido observar y evaluar ciertos pensamientos con mayor claridad.

Sin embargo, aunque en papel parezca que habito una especie de “aislamiento de entretenimiento”, lo cierto es que no tengo la convicción suficiente para desembolsar una suscripción mensual por catálogos que, en general, nunca terminan de convencerme. Además, las redes sociales —debido a mi interés por los videojuegos— suelen inundar mi feed con novedades de anime. Algunos de los artistas que sigo se sumaron recientemente a una tendencia específica: la ilustración de una pareja desnuda en una piscina, donde uno le dice al otro:
 
Imagen de SonamyTang

 —Te enseñaré todas las cosas que no sabes 

Aunque desconocía por completo el contexto de esa escena, había en ella una carga emocional que asomaba tímida, sutil… casi erótica. Casi.

Al investigar su origen, descubrí que provenía de la reciente película Chainsaw Man: El arco de Reze, estrenada el pasado 19 de septiembre de 2025. Si bien desconocía por completo la trama del anime, eso no impidió que me animara a ver la película. Lo que encontré allí despertó una idea que llevaba tiempo rondándome la cabeza.
 

 ¿De qué trata la película?

Si soy sincera, no entendí nada. No porque el guion fuera excesivamente complejo o porque los cambios de plano fueran demasiado dramáticos para mi entendimiento, sino porque la idea controladora —la que debe dar coherencia a todo— tarda demasiado en asentarse.

Una de las críticas más recurrentes que tengo hacia el anime, como industria, es la forma en que se construyen muchas de sus historias. Debido a la lógica de producción audiovisual, numerosos títulos se desarrollan “sobre la marcha”: lo que inicia como algo prometedor puede degradarse con el tiempo, ya sea porque al creador —que suele ser también el guionista— o al equipo de escritura se le ocurren nuevas ideas a mitad del camino. Esto suele abrir agujeros narrativos, generar conveniencias argumentales, introducir soluciones forzadas o incluso romper las reglas previamente establecidas del propio mundo ficcional.
 
Ejemplos hay de sobra: Digimon Adventure (1999), Spy×Family, Sailor Moon, Saint Seiya… y estoy segura de que, si profundizara más, podría elaborar una lista extensa que me desviaría del punto qué deseo desarrollar.
 
Con Chainsaw Man, al menos en esta película, sentí que ocurría algo similar. No obstante, debo reconocerle algo fundamental: la crítica a la dinámica social contemporánea está presente. No se expone mediante discursos moralizantes ni personajes que sermonean al espectador, sino a través de la manera en que sus personajes se relacionan entre sí.
 

El universo narrativo

La historia se desarrolla en un mundo donde los demonios nacen de los miedos humanos. La mayoría son peligrosos y malévolos, y su poder es proporcional a la intensidad con que el miedo que los origina habita la conciencia colectiva. Los humanos, sin embargo, pueden firmar contratos con ellos para utilizar sus habilidades. A quienes se dedican a su caza y empleo se les conoce como Devil Hunters.

Los demonios provienen del Infierno y existen en un ciclo interminable entre este y la Tierra: renacen en un mundo cuando mueren en el otro. En el Infierno habitan demonios extremadamente poderosos llamados Demonios Primigenios, que nunca han sido asesinados. El tránsito entre ambos mundos parece estar supervisado por el Demonio Infierno.

En determinadas condiciones, un demonio puede habitar el cuerpo de un humano muerto, conservando parte de sus recuerdos y personalidad; a estas entidades se les llama Poseídos. Se dice que aquellos con apariencia naturalmente humana tienden a ser benévolos con los humanos.

Los eventos transcurren en 1997, en una línea temporal alternativa donde la Unión Soviética aún existe, el atentado a las Torres Gemelas ya ocurrió, se utilizan códigos QR y hechos históricos como el Holocausto parecen no haber sucedido nunca. Estas contradicciones ya evidencian ciertas falencias argumentales, pero detenerme aquí sería alejarme de lo que en verdad quiero contar.
 

Deseo, poder y la falsa iniciativa femenina

Aunque la caza y el exterminio de demonios forman parte de la cotidianeidad del relato, lo que realmente captó mi atención en la película fue aquello que justifica el título de esta reflexión.

Al inicio me resultó incluso entretenido observar que dos personajes —Power y Angel Devil— poseen una apariencia femenina, pero actitudes estrictamente masculinas. Pensé que el creador jugaba con la idea de que “la mujer perfecta es un hombre”, una noción que recuerdo de un episodio de Dr. House. Anticipé encontrarme con un recurso recurrente en otros animes: el personaje andrógino que despierta deseo mediante actitudes sugerentes para luego sabotear la escena con algún comentario o acción estúpida, dejando tanto al protagonista como al espectador con la sensación amarga de haber sido engañados.

Y sí, eso fue exactamente lo que encontré. Pero hubo algo más: Reze.
 

Reze se presenta como una chica hiperactiva, dulce y de apariencia encantadora. Conoce al protagonista cuando ambos se refugian de la lluvia en una cabina telefónica. Su primer intercambio consiste en comentarios triviales sobre el clima y un pronóstico fallido. Denji la observa, reconoce que es linda y le regala una flor. Ella la recibe con una sonrisa efusiva y lo invita al café donde trabaja, prometiéndole comida. Denji acepta.

A partir de ahí se desarrolla una interacción que deja claro que ella está interesada en él. Y es precisamente en esa demostración explícita de interés donde surge con fuerza una idea que mezcla cansancio y hartazgo: la constante representación de la iniciativa femenina como la de una tonta excitada o una depredadora sexy.
 

El deseo sin lenguaje

Durante toda la construcción del cortejo de Reze hacia Denji, ella es presentada como una figura que toma la iniciativa desde una lógica burda. Sus invitaciones son directas, endulzadas con una voz suave, pero carecen de juego. Conduce a Denji a una convivencia que roza lo sexual sin explorar la caricia como diálogo. Se acerca, invade su espacio, inclina el cuerpo para exponer su cuello, utiliza la mirada como presión. No seduce: incita.

La escena de la piscina, que detonó la viralización de las imágenes que mencioné al inicio, cristaliza este problema. Tras una representación caricaturesca de la experiencia escolar, Reze lleva a Denji a la piscina del instituto. Se desnuda, lo invita a hacer lo mismo y propone nadar juntos. La escena no es explícita, pero funciona como una ventana a uno de los problemas más graves de nuestra sociedad: el manejo del deseo, de las emociones y la incomprensión del empoderamiento femenino.
 

 Chainsaw Man no idealiza el deseo: lo desnuda

Lo que inicialmente interpreté como comodidad narrativa resultó ser una crítica contundente al romanticismo contemporáneo. Aquí nadie ama. Nadie seduce. El deseo se vive como transacción, poder o supervivencia. Esto se evidencia desde los primeros capítulos, cuando Makima permite que Denji le toque los pechos a cambio de algo.
 
 
Denji representa al hombre pasivo, hambriento y vacío que prolifera en nuestra sociedad. Su carencia afectiva lo reduce a deseos básicos: comida, sexo, contacto. Incapaz de leer el marco simbólico, su deseo se centra en la aprobación, la pertenencia y la visibilidad. Por eso no conquista, no seduce, no inicia el juego; es el conquistado permanente. No por elección, sino por estar emocionalmente desarmado.
 

¿Y el papel de la mujer?

Makima, Power y Reze se presentan como mujeres empoderadas, supuestas dueñas de sí mismas. Sin embargo, un análisis atento revela una profunda falla simbólica.
 

Makima utiliza el deseo como transacción. Miradas fijas, cercanía calculada y promesas vagas no constituyen seducción, sino manipulación. Su frialdad refleja una carencia afectiva que la masculiniza simbólicamente: opera desde la verticalidad, el uso instrumental del otro y la anulación del deseo ajeno.
 
 
Power representa la sexualidad bruta, sin tacto ni eros. Es invasiva, vulgar e impulsiva. Lo que suele confundirse con fortaleza no es más que desorden. Ella encarna el arquetipo de la “tonta excitada”: una sexualidad que nace del impulso y no del encuentro, y que, tras ser satisfecha, deja un vacío más profundo.
 
Cuando no saben escribir deseo femenino, lo convierten en caricatura bruta
 

Reze, finalmente, encarna la falla con mayor claridad. Se presenta como iniciativa, dulzura y fuerza, pero no seduce: irrumpe. No invita: empuja. No busca encontrarse con el otro, sino perderse en la pulsión. Su sexualidad reproduce una caricatura masculina donde la pulsión sustituye al control y la imposición suplanta al juego.
 
Aquí se concentran tres confusiones centrales de la narrativa social actual: 
  • la igualdad confundida con asimilación, 
  • la agencia confundida con dominación, 
  • la sexualidad femenina confundida con performar el deseo masculino.

 

Conclusión

Chainsaw Man no presenta mujeres libres ni hombres oprimidos. Presenta un mundo incapaz de imaginar una sexualidad que no sea dominio o caricatura. Un mundo donde el deseo ha perdido su lenguaje y el cortejo ha sido sustituido por una pulsión inmediata que promete satisfacción, pero solo devuelve soledad.

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