Una tarde de otoño salí de la habitación de huéspedes, que mis abuelos me habían prestado, rumbo a la mesa; estaba emocionada, incluso recuerdo que estaba hiperventilando, pues, cinco minutos atrás había terminado de leer una novela que me había atrapado los últimos siete días.
Recuerdo la tensión en mi estómago, la agitación de mi corazón, la euforia de sentirme victoriosa por haber concluido una historia que me hizo olvidar mi realidad y volver más fuerte. Así que, siendo la hora de comer, me senté delante de una de mis primas mayores con una sonrisa de oreja a oreja, incluso puedo apostar que estaba dando saltitos como una tonta. Le dije a mi prima que había concluido la novela “El demonio y la señorita Prim” de Paulo Coelho. Ella, curiosa, me preguntó de qué se trataba el libro y, como si esas palabras hubiesen invocado un balde de agua fría, todo mi mundo se congeló.
¿Qué hacía el libro tan interesante como para tenerme brincando como una tonta?
¿Qué había aprendido de su historia?
¿Cuál era su historia?
Recuerdo que, de forma torpe, le respondí que era un libro muy bueno, muy interesante. Ella, decepcionada por mis palabras, las repitió dejándome en claro que hubiese sido mejor guardar silencio o admitir que no recordaba nada, que la emoción me había cegado lo suficiente para olvidar las últimas horas de lectura. Esa noche no pude dormir.
Me sentía mal por haber sido incapaz de poner en palabras las emociones que la historia me permitió vivir: la molestia de los aldeanos para con la srita. Prim, la curiosidad seductora del demonio encarnado en un hombre de ciudad, la asfixiante cuestión de no saber qué importa cuando formas parte de una sociedad que se odia a sí misma, el temerario deseo de abandonar tu hogar, aunque eso signifique dejar atrás tu identidad.
Todo eso me resultaba tan claro en ese momento de silencio, pero la vergüenza de haber sido incapaz de compartir todo lo anterior me hizo prometerme una cosa: leería, no sólo en automático, sino con la consciencia acompañándome para ser capaz de compartir lo que las palabras me hacían experimentar.
Por esto es que me he animado a abrir este espacio: hablar de historias, no desde lo técnico, sino desde el alma, desde las emociones que me despiertan, las razones de esas emociones y el porqué decido compartirla.
Mi intención no es resolver una pregunta o duda existencial de cualquiera que no tenga ni idea de qué leer, jugar y/o ver (aunque eso no significa que no extienda la invitación), sino que quiero compartir mi experiencia con estas, lo que las hace formar parte de mi memoria emocional, lo que me provocó, qué emociones y sensaciones despertó. Y, sobre todo, qué aprendizaje me dejó para seguir viviendo un día más.